ENTRE LÍNEAS | O |
12 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.CUALQUIER clase de violencia es repugnante. La opresión del fuerte contra el débil es siempre asquerosa. Ya sea de un país contra otro, de una empresa contra los pobres consumidores, de una administración contra los ciudadanos o de una persona contra otra. La violencia que se vive en algunos hogares es tan dramática o más que todas las anteriores. Hubo tiempos en los que algunos hombres -que no lo eran- se creían con derecho a darle un tortazo a su mujer cuando hacía algo que no les gustaba. Por desgracia, en la España negra de Franco la ley les amparaba, ya que las esposas no tenían libertad ni tan siquiera para abrir una cuenta corriente. Sus maridos eran sus tutores. Así de crudo. Hoy no es así, pero algunos hombres -que tampoco lo son- no son capaces de digerir que la mujer actual es su igual y cuando su esposa le pone las cosas claras canalizan su ira con violencia extrema que a menudo termina en funeral. No hay que tomar el todo por la parte. Los hombres no somos así, pero contra los violentos hay que ejercer toda la violencia de la ley.