Dos mujeres murieron, una a manos de su marido y otra, por la ex pareja de su hermana CONDENAS Una madre fue atacada por su hijo adolescente con un hacha y otra arrojó ácido a una hija
10 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.El trágico suceso tipificado como violencia doméstica que tuvo como escenario esta semana a la comarca y que se saldó con la muerte de una vecina de Meaño acuchillada por su marido no es el único que conmovió a los arousanos. En la memoria ciudadana todavía golpean otros tres casos anteriores que sacudieron la conciencia de los vecinos por su brutalidad, y en los que las víctimas y los agresores estaban unidos también por lazos familiares. María del Carmen Fontán no fue la única que perdió la vida. Una joven de Ribadumia pereció también atropellada por el que pudo haber sido su cuñado. En los otros dos casos las consecuencias no fueron mortales, pero las víctimas -una madre y una hija- vieron sus vidas truncadas tras las terribles agresiones de un hijo adolescente, en el primer caso, y de una madre despechada en el segundo. No siempre es el narcotráfico el que escribe las páginas más negras de la historia de la comarca. Fue uno de los crímenes más incomprensibles, porque no es habitual que una madre ataque a su hija para defender a un marido que la maltrató y que abusó sexualmente de las mujeres de su familia. En octubre del 2002 se celebró en la Audiencia de Pontevedra una vista contra Ángel Lojo Triñanes, del clan de los Chumbas de Vilanova. Se le acusaba de haber violado de forma continuada a sus dos hijas mayores y de dejar embarazada por ello a María del Carmen Lojo, que denunció los hechos en el teléfono del menor. En la vista, la madre de la joven -acusada de complicidad con el agresor- arrojó ácido sobre el rostro de su hija. Las heridas le provocaron lesiones en el rostro, en la cabeza, en el cuello y en la espalda. Se le tuvieron que practicar varios injertos y padeció al menos quince intervenciones quirúrgicas «para no parecer un monstruo», como ella misma declaró. La agresión permitió conocer la dramática situación familiar de la víctima. La madre consideraba un Dios a su marido, que hacía lo que quería en el hogar, incluso acostarse con sus hijas siempre que lo deseaba. Lo hizo la primera vez con la mayor cuando sólo tenía seis años, y María del Carmen fue siempre testigo, porque compartían cama. Cuando se hizo mayor, le tocó a ella. Poco después de denunciarlo supo que estaba embarazada de su padre y abortó. «No iba a querer a ese niño», confesó. La Xunta retiró a los padres la custodia de los tres hijos menores y más tarde, fueron condenados. Durante muchos años compartieron prisión en A Lama, aunque posteriormente ella fue trasladada a otra cárcel. María del Carmen Lojo se fue a vivir fuera de Galicia, dispuesta a enterrar su pasado en Vilanova, donde nunca tuvo el apoyo ni de la familia ni de los vecinos. «Ellos sabían lo que pasaba y callaron», lamentó entonces. Aunque era callado y muy reservado, los que lo conocían en Cambados lo consideraban un joven normal. Pero está claro que algo fallaba, porque este adolescente que llevaba unos años viviendo en la villa con su madre y su hermana, se levantó un día a las tres de la mañana y asestó varios hachazos contra su madre, que dormía en la cama. Luego se entregó en el cuartel de la Guardia Civil diciendo que la había matado. No fue así; la mujer se debatió varios días entre la vida y la muerte, pero se recuperó. Su hijo se inspiró para el crimen en una película de terror que había visto esa noche, un género al que era muy aficionado. El hacha la robó en una obra en la que había estado trabajando, y días antes, confesó a una compañera del instituto que la había robado «para matar a alguien», porque quería saber lo que se sentía. Ella pnesó que era una broma. El crimen tuvo lugar el 12 de marzo del 2001, cuando el joven tenía 16 años. El Juzgado de Menores lo condenó a una pena que debía cumplir en un centro, aunque la sentencia fue recurrida por el fiscal. Silvia Mora tenía veinte años cuando un absurdo suceso le truncó la vida. La joven tenía una hermana, María Dolores, que había mantenido una relación con Diego Tarelo, un joven de Ribadumia con el que había tenido un hijo. Habían roto, pero un sábado de septiembre del 2002, el joven fue a buscar a su ex novia al bar en el que trabajaba, en Ribadumia. El establecimiento estaba cerrado, pero el coche de María Dolores, que se había ido a cenar con unos amigos a Cambados, seguía en la puerta, así que Diego la esperó. A las seis de la madrugada llegaron las dos hermanas con otros jóvenes de su pandilla. Pero su ex novia se fue en otro coche, y él quedó discutiendo con quien pudo haberse convertido en su cuñada. El joven cogió las llaves del vehículo, se subió en él, arrancó y atropelló a Silvia. Luego metió la marcha y pasó otra vez por encima de ella. La joven quedó muerta en aquella explanada de Ribadumia. Diego Tarelo dijo en el juicio que todo fue un accidente, pero la familia de la fallecida aseguró que ya habían sido amenazados por el agresor.