AREOSO | O |
01 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO escribo esta columna aún no ha empezado a llover sobre Vilagarcía. Esta mañana quizá la comarca vuelva a estar anegada por todas las esquinas, quizá no. Ojalá no. Es lo que nos queda todo el invierno. Los arousanos, y no les digo nada los empresarios con bajos comerciales en el entorno del río Con, estaremos más que nunca pendientes de los partes meteorológicos de Maldonado y todo su gremio. En cuanto las isobaras asomen por el Noroeste nos pondremos a temblar. Así que a la próxima chubascada-que ironía hablar en estos términos- ya estaremos más prevenidos: silicona para las puertas, bombas de achique en los garajes, botas de goma en casa y cubos bajo esa indomable gotera del desván. Quizá a partir de ahora pequemos de exceso y nos frustre tanta precaución, y acabemos lamentándonos como con el Gordon, que suspendieron las clases y no había para tanto. El lunes sí tendrían que haberlo hecho para evitar que los niños de las guarderías y los alumnos del conservatorio se quedaran atrapados por las inundaciones. Supongo que no es fácil acertar y ante la catástrofe todo resulta poco. David Lago, de Protección Civil de Vilagarcía, se lamentaba ayer en Radio Voz de que la gente sólo perciba lo que falló y no lo que funcionó. Salimos de esta sin lamentar ningún daño personal, que es mucho. Ahora bien, díganle eso a quien ha perdido el género de su tienda o se vio con el agua al cuello. Este consuelo no les consuela, ni aun viniendo el mismísimo presidente de la Xunta a contárselo. En la riada letal que anegó Arousa fallaron muchas cosas, eso está claro. Cierto es que ante 153 litros por metro cuadrado no se puede luchar, pero sí se puede contra la desecación de marismas y canalización de regatos y sí se puede actuar para que el lodo de los montes desnudos por los incendios no lleguen al medio de la ciudad. La lección está dada.