Tiburones

AROUSA

AREOSO | O |

03 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

SEGÚN la Real Academia, una empresa es una «unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos». Quien redactó esas líneas dejó de lado la poesía y parió una definición fría y fea. A lo mejor el autor era un académico que había sufrido en sus carnes un contrato abusivo -si es que tenía contrato-, un plus de horas extra que nunca fueron pagadas, o quién sabe qué otra modalidad de precariedad laboral, que hay muchas y muy refinadas. A lo mejor, los jefes que conoció el autor de la definición eran tiburones hambrientos de lucro, capaces de sacar dinero del sudor de sus empleados. Y con esa experiencia, claro, sería normal que al hombre que escribió el diccionario la poesía se le congelase en el bolígrafo cuando llegó la hora de definir el término empresa. Será por la definición, pero la palabra empresa a mí no me resulta demasiado simpática. Es un sentimiento absolutamente irracional que únicamente logro sacudirme cuando me doy de bruces con empresas simpáticas, que las hay y son muchas. Una de ellas, por ejemplo, es el Acuario de O Grove. ¿Por qué? Podría dar varias razones (innovación, originalidad). Pero sólo voy a esgrimir una: lo mucho que disfrutan los niños cuando van de excursión a Punta Moreiras. Ayer fueron hasta allí los chavales de A Lomba, que regresaron a casa encantados, contando historias de tiburones y peces amarillos que se escondían al oír gritos. Esas historias me hicieron recordar una conversación que tuve hace algunos años con una niña en O Grove. «¿De maior? Eu de maior quero traballar no acuario», me había dicho a las puertas de la cofradía. Luego me había asegurado que en el mundo mundial no había nada mejor que trabajar en el acuario, con todos los animales que allí hay. Y, la verdad, me convenció: los tiburones de Punta Moreiras nadan. Como debe ser.