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AROUSA

AREOSO | O |

23 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTUDIÉ en mis años mozos varios exámenes a la luz de las velas, y en mi más tierna infancia recuerdo estar alguna vez en el colegio con cubos de agua recogiendo las goteras. No recuerdo haber dejado de ir nunca a clase por las lluvias hasta que llegó el Hortensia y con él, las alarmas meteorológicas, pero sí atravesar enormes charcos con botas de agua muy parecidos a los que ahora veo en las imágenes de la tele. He vivido también veranos de intensa sequía y de un calor insoportable, e inviernos en los que los charcos se convertían en pistas de hielo. Pero entonces todo aquello no era noticia, o si lo era, a mí no me llegaban, que vivía feliz y despreocupada al margen de los periódicos. Al contrario, todo era cotidiano, que es lo contrario de la noticia. En el verano, de forma inevitable se secaban los pozos y en invierno había que pegarse a la cocina de hierro para que los colores volvieran a las mejillas. Hoy, todo aquella cotidianeidad de mi infancia se traduce en titulares. Es lo que tiene la era de la comunicación, que igual nos enteramos por el periódico de que se inundó la casa del vecino de al lado como del terremoto que se tragó cinco pueblos en California. Y luego está también la moda de las estadísticas. Seguro que en todos esos recuerdos míos de la infancia se batió algún récord, pero entonces nadie se preocupó de registrarlo, o yo no me enteré. Ahora sabemos que este fin de semana, en la estación meteorológica de Lourizán se registraron máximos históricos de lluvia, con 150 litros por metro cuadrado. Y es fácil dar con el día más caluroso del año, con el año en el que hubo más inundaciones, con el invierno de temperaturas más bajas, con el verano en el que se quemaron más montes o con la noche en la que el cielo dejó volar más estrellas fugaces. Y es bueno estar informado, pero no cabe duda que eso no nos hará nunca más felices.