AREOSO | O |
29 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ÚLTIMA semana de mes, semana de plenos. Anteayer en Vilagarcía y O Grove, el miércoles en Pontecesures y el lunes será en Catoira. Es el foro supremo de decisión de los concellos. El alcalde y las juntas de gobierno mandan mucho, pero son las corporaciones las que tienen la última palabra sobre los asuntos trascendentales como un presupuesto o el plan urbanístico. En ellos se cuece el presente y futuro de los municipios y allí tienen nuestros representantes el escenario para desplegar su acción política y la de sus partidos. Incluso pueden convertirse en ágora para que los ciudadanos expresen sus inquietudes. Los plenos son todo eso y más, pero ¿a quién le interesan? El público brilla por su ausencia a no ser que vayan asuntos relacionados con la expropiación de terrenos particulares, de los vertidos en los bancos marisqueros o porque la plataforma de turno se ha puesto las pilas. Entonces sí se hay gente y expectación y hasta se hace notar la policía local. De otra forma, los plenos pasan sin pena ni gloria y sólo atraen la atención de la prensa. Pueden ser soporíferos y largos -en Vilanova recuerdo una sesión de ocho horas, cuando un novato Durán todavía no acostumbraba a echar a los del PSOE y BNG- y casi siempre previsibles. Sabes lo que van a decir el gobierno y la oposición antes de que empiecen, pero también hay resquicios para la sorpresa y hasta las risas. ¿Cuántas perlas no nos han dejado Fontán, Tirado, Nené o Gerpe? Los excesos verbales animan el cotarro, pero no se crean. Frivolidades aparte, tras las reuniones de la corporación hay también trabajo y dedicación y, a veces, hasta dialéctica brillante. Es, en fin, el mejor escaparate para ver a los políticos y descubrir cómo se organiza un Concello. Por eso todo vecino debería, al menos una vez, acudir al pleno de su pueblo. Es un buen ejercicio para conocer nuestra democracia. Sus grandezas y sus miserias.