Lluvia

MARÍA REY

AROUSA

AREOSO | O |

15 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL otro día soñé que llovía. Fue en una de esas noches ahumadas que han poblado nuestro agosto. Caminaba por el parque Miguel Hernández y sentí como unas gotas de agua mojaban mis brazos. Enseguida volví la vista al cielo, dispuesta a disfrutar de un chubasco por el que llevaba -por el que llevábamos todos- mucho tiempo esperando. Pero tan pronto como giré la mirada hacia arriba descubrí que todo había sido una alucinación, y que el cielo seguía siendo una nube, pero de humo. El baile que me había imaginado bajo la lluvia de desvaneció en un instante. La sonrisa se me esfumó, como el paisaje de mi país. La esperanza de que la tierra dejase de arder se volatilizó, como los montes de media Galicia. En un suspiro. El día de mi alucinación no pensé en la Festa da Auga. Si lo hubiese hecho, estoy segura, habría pedido la suspensión de unos actos que consisten, básicamente, en derrochar un bien escaso. Pero aquel día no pensé en eso. Ni al otro, ni al siguiente. De hecho, no pensé en la Festa da Auga hasta hace apenas unas horas, cuando el calendario me obligó, sin derecho a réplica, a recordarla. Fue, ya ven, cuando los terroristas que nos han robado nuestros montes han decidido darnos un respiro. Cuando el horizonte había dejado de ser una sucesión eterna de columnas de humo. Cuando el negro comenzaba a mostrarse en todo su alcance. En ese momento -muy próximo a este otro momento en el que estoy escribiendo- la Festa da Auga se convirtió en un clavo al que aferrarse. En una oportunidad de recobrar la normalidad perdida este agosto. En el momento ideal para bailar bajo el agua y conjurar a los malos espíritus que han llenado Galicia de incendiarios. Tal vez el conjuro del San Roque bailarín sirva este año para dar una ducha de esperanza a un país que huele a chamusquina. Ojalá la lluvia se sume a la fiesta, como tiene por costumbre.