AREOSO | O |
07 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL DESPERTADOR sonó esta mañana con una melodía diferente. Era un hidroavión que sobrevolaba mi casa con destino a uno de los incendios activos en la provincia de Pontevedra. Hasta el momento son dieciséis. Y tan sólo cuatro de ellos están controlados. Desde el pasado viernes, los efectivos contra incendios viven una jornada negra, similar a la que en su momento se vivió cuando ocurrió la catástrofe del Prestige. Si en aquel momento peligraba nuestro mar y su ecosistema, ahora le toca el turno a nuestros montes. Nunca máis se gritaba entonces. ¿Qué eslogan tendríamos que utilizar ahora? Los medios son insuficientes y las llamas avanzan sin tregua. ¿Cómo es posible que haya cerca de veinte focos en nuestra provincia?. Está claro que la situación es intencionada. Pero, ¿quién es el culpable y cuál será su castigo?. Durante la jornada dominguera de playa, el olor a humo se hizo insoportable. El sol, por momentos, se tornó negro y el agua del arenal, turbia y grisácea, parecía sin vida. ¿Es que no se dan cuenta de que los bosques son fuente de vida, de medicinas y de un incalculable valor paisajístico?. El impacto de las llamas afecta a la fauna, a la vegetación, al agua, a la calidad de la atmósfera y al suelo. Las especies vegetales quedan reducidas a carbón. Los animales emigran. La regeneración de la vegetación es lenta. Tardarán años en que todo vuelva a ser lo mismo. Galicia ya no será verde. Entre el color negruzco del chapapote y el de la ceniza, la bandera de nuestra comunidad tendría que cambiar su azul y blanco por el tinte oscuro de luto. De esta forma, tengo rabia contenida en el cuerpo. Siento desconsuelo por las numerosas pérdidas. Aflicción por la falta de conciencia cívica. Desdicha por tener un ejército inservible que, en lugar de ir a la guerra, debería ocuparse de cuidar nuestro ya carbonizado suelo.