Crónica | Un día en el infierno Los rumores sobre detenciones no confirmadas alimentaban la indignación de los vecinos que peleaban contra el fuego: «Hai que acabar con estes desgraciados»
07 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.?Mira, avisoume un curmá meu ás seis da mañá. Cheguei correndo, e foi unha pena, porque acababa de comezar. Seguro que o desgraciado que o fixo tirou para riba, porque xa comezou a arder por Lago». Está claro que un fuego que comienza a esa hora, y crece como un reguero, no es producto del azar. A Miguel, de Rubiáns de Arriba, un delincuente le ha arruinado su plantación de chardonay. Pero pudo ser mucho peor. Pudo arder su casa, pudo arder la carpintería de su vecino, pudo arder todo. Si no lo hizo fue por el empeño de la gente y la estructura de agrupaciones municipales de la comarca, desde las policías locales a las protecciones civiles. También la policía nacional se implicó. Y la clase política. Los alcaldes, sin excepción, como Gago, Tourís o Durán o Pérez Estévez; los concejales, como Quintela, que por momentos desaparecía entre el humo. Los miembros de la oposición, como Fole. Rubiáns era un desastre. Como Abelle y los núcleos cercanos a la vía del tren. A las cuatro de la mañana, una patrulla de la policía local despertaba a los vecinos. Querían que estuviesen preparados para desalojar sus viviendas en cualquier momento. En el campo de fútbol Todo era un caos, cuando el fuego se apoderó de Guillán. A las tres de la tarde, a traición. El campo de fútbol era un carbón que cercaba dos casas. Huertas ardiendo. Y grupos de inmensos vecinos apoyando a unos equipos de emergencia que hacían lo que podían para multiplicarse ante la invasión de pequeños y grandes focos de fuego. En un momento dado, el tendido eléctrico comenzó a saltar entre destellos azules. Las cadenas de brazos llevaban y traían cubos de agua. Los rumores sobre presuntas detenciones que nadie pudo confirmar encendían a los arousanos, echados al monte para evitar la destrucción. «Disque foron sete chavales, e que xa os colleron». «Non, foron dous e xa están identificados». La Delegación del Gobierno lo desmintió. Al menos a última hora de la tarde de ayer, no se había practicado ninguna detención en relación con lo que estaba ocurriendo en O Salnés. Las parras arden fácilmente, desapareciendo en un instante, entre chasquidos. Los pinos siembran el bosque de su hojarasca, pajiza que lleva el fuego en volandas. La gente lo apartaba todo a patadas. No había rastrillos para todos, tampoco palas. Guillán parecía un paisaje de otro planeta, cubierto de un humo que no dejaba respirar. Territorio abonado para las intoxicaciones, porque el arrojo de la gente la llevaba una y otra vez sobre los focos interminables. «Eu sei ben o que facía con estes criminais, deixalos no medio do lume, atados a un piñeiro». «O que había que facer era prendelos trinta a nos e poñelos a limpar o monte». Muchas ideas para una población indignada ante la impunidad con la que se quema el monte en Galicia. La ventolera no dejó que parasen las llamas en Vilagarcía. A las tres y media de la tarde el fuego ya era visible en la antigua vía rápida, a la altura de Vilanova. No era nada en comparación con lo que se avecinaba. Media hora después, una gran masa de fuego tomaba la parroquia de Tremoedo y ponía en peligro las casas donde a esa hora se terminaba la sobremesa. María José y su familia, que tienen casa a la altura del número 11, pegada al polígono industrial, ya no pudieron ni comer tranquilos. Su vivienda linda con un monte de pinos y eucaliptos y en cuestión de diez minutos las llamas abrasaban la zona. La situación ya era más que angustiosa y allí no aparecía ningún coche, motobomba o similar para arreglar la situación. Así que los propietarios y sus vecinos, no más de una docena en los primeros momentos, arramplaron con lo primero que encontraron: cubos de la huerta y el agua de una pequeña fuente decorativa que, por suerte, había en el patio de la entrada. Alguien se acordó de que allí estaban los peces de colores, pero era lo que menos importaba. Arrastrados por el suelo, agotados y con lágrimas en los ojos la gente seguía intentando humedecer los alrededores de la casa a golpe de calderos. Una simple manguera se convertía en aquel momento en el bien más preciado, pero o no tenían el largo suficiente, o el motor no estaba al alcance. Sólo quedaban las manos. Desesperación absoluta Las que pusieron, por ejemplo, las empleadas del cocedero de pulpo Gilmar y su propietario, Antonio Gil. Hasta los periodistas allí presentes trataron de ayudar, pero todo esfuerzo parecía en vano. Las llamas ya estaban a menos de dos metros de la casa y su dueña, María José, no pudo resistir más. Se desplomó sobre la carretera en medio de una crisis de ansiedad. «Collédelle a lingua, tranquilos, que xa lle pasou máis veces», explicaba una de las mujeres que acudió en su auxilio. Para cuando llegó el 061, afortunadamente la mujer ya había pasado lo peor. Pero su casa permanecía con las llamas pegadas al tejado. Llegó el coche de protección civil de Vilanova, pero sin agua, y, in extremis, llegaron los bomberos de O Salnés. Pero el fuego que se apagaba en una esquina se reavivaba en otro. El polígono estaba rodeado por las llamas, así que el trasiego de capachos y calderos seguía hacia la cara sur, donde los viñedos de Agro de Bazán se iban safando, por los pelos. A las cinco de la tarde la situación parecía más o menos controlada -aunque el fuego se reavivó tres horas después- así que seguimos viaje por la ruta del fuego. La vista que ofrecía la vía rápida era dantesca: hacia Vilagarcía el cielo presentaba una imagen tormentosa, negra y densa, pero no eran nubes de agua, sino de humo. En Castrove se elevaban varias columnas que recordaban una estampa bélica. La subida a Armenteira y Cabeza de Boi eran remedos del infierno. A esa hora, las siete de la tarde, ni con botellines de agua se lograban mitigar los efectos del fuego en la garganta. Pero todavía quedaba mucho por respirar. De vuelta, por Lobeira, una lengua de fuego avanzaba hacia la cruz del mirador. El cielo se ensombreció todavía más al llegar a Vilagarcía y el sol se había convertido en un gran aro rojo ardiente que parecía, también, que pedía auxilio.