CON GOTAS | O |
13 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.COMENZAMOS el curso con una discusión absurda, y así seguimos. Se trata de la reforma del Estatuto y la etiqueta identitaria. Los defensores a ultranza de la nacionalidad histórica incurren en una evidente contradicción, de la que nadie parece dispuesto a advertirles. Por el bien de su prestigio intelectual y para evitar bochornos y sofocos, más que nada. Amantes sin duda del buen castellano, quienes abanderan, firman y pancartean esta postura no tendrían más que acudir al Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española, para percatarse de su equívoco. Definición de nacionalidad: «Condición y carácter peculiar de los pueblos e individuos de una nación». Podrían argüir que estamos ante una cuestión meramente nominalista, un problema de nomenclatura. Argumentar que tras una nación no hay más que la voluntad de quienes quieren denominarse así, que nada hay de objetivo que pueda sustentar racionalmente un concepto semejante. Si esto es así, ¿a qué viene el añadido histórica ? ¿Qué quieren decir con ello? ¿Que hay un discurrir conjunto a lo largo del tiempo de cierta comunidad? ¿Que existen unos derechos consolidados por algo llamado Historia? ¿Pero no habíamos quedado en que no caben referencias objetivas en este banquete? Como se verá, defender que Galicia, o Pernambuco, o Paramaribo es una nacionalidad equivale, lógica y semánticamente, a defender que es una nación. Por si no faltasen despropósitos de tal pelaje, hay quien anda embarcado últimamente en una surrealista disputa por la calidad de la arena de A Compostela, defendiendo el extraño principio de que cada vecino debe tender la toalla en las playas de su concello, y no en las de ningún otro. La siguiente genialidad será pugnar por el sabor del churrasco, que seguramente esté mucho más rico en Vilanova o en O Grove. Qué decadencia política, señor.