AREOSO | O |
12 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.TODOS HEMOS iniciado nuestra vida laboral allí donde nos dieron el primer puesto de trabajo, casi siempre de vendedor de los más variopintos productos. Por eso trato de atender lo más amablemente que puedo y con contenida impaciencia a los que, cuando estoy comiendo, llaman a la puerta para venderme la más extraña enciclopedia o para que me sume a las increíbles ofertas de cualquier operador de telefonía. Lo hago amablemente porque el currito que llama a mi puerta no tiene la culpa. Si en su lugar apareciera su jefe al otro lado, le retorcería el pescuezo. Porque me parece hasta de mala educación que a uno le violen la intimidad del hogar para venderle algo que no quiere. Por eso suelo suspirar para tranquilizarme y luego decirle al amable vendedor que no necesito nada, que cuando quiero comprar un libro ya voy yo a la librería, y que si deseo cambiarme de operador ya yo me informo, que sé dónde. Por todo ello sería difícil que a mí me conquistara un comercial de los de Afinsa o Fórum Filatélico. Pero aún siendo una persona amiga de escuchar las ofertas de los vendedores de turno, me cuesta mucho entender, como leí o escuché estos días, que alguien invierta los ahorros de toda su vida en la compra de sellos sin entender ni pajolera de filatelia. Parece ser que hay gente que trabajó de sol al sol para conseguir cuarenta millones de las antiguas pesetas y que las abandonó todas en manos de los listillos que controlaban dichas firmas. ¿No sería lo lógico cinco millones aquí y cinco allá, por lo que pudiera pasar? Seguro que más de un vendedor que necesitaba llevarse su sueldo a casa se habrá aprovechado de la buena fe de su prima, de su vecina y hasta de su propia madre. Y ahora estará lamentándolo. Yo, que sigo en las mías, ya di de baja mi número del listín telefónico. Para repantigarme en el sofá tranquila. Si me deja el timbre de la puerta.