En directo | Una jornada a bordo del «Vendaval»
06 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando el Vendaval abandona el puerto de O Grove, las agujas del reloj se acaban de escapar de las seis y media de la mañana. A esas horas la oscuridad es la reina. En la sombra, el mar es inquietante; una gran masa que balancea al pesquero con un ritmo cadente y constante. «Vai bastante mar, pero imos quedar dentro da ría», explica, para tranquilizar supongo, el patrón del barco. Se llama Francisco Iglesias y es patrón por partida doble: del barco y de la cofradía. El Vendaval parece no avanzar, pero avanza. Se sabe porque las luces de O Grove van quedando atrás. Lejos, muy lejos, una pequeña luminaria verde marca el camino a seguir. Es una de esas señales visibles a los ojos de mar, pero casi imperceptibles para las pupilas hechas a la tierra. Para éstas es mucho más claro el plotter: una suerte de camino de migas de pan electrónico que marca con parpadeos dónde se encuentra cada cosa. Vamos rumbo a Os Mezos. Allí están los miños que la tripulación del Vendaval levantará y se llevará de vuelta a casa: es viernes, y los viernes toca recoger. Y pensar dónde se va a largar el aparejo el domingo por la mañana. «Non todo o mar é peixe», dice el patrón. Y como ese dicho esconde una verdad como un templo, «casi todos andamos polos mesmos sitios, arredor». Localizada la primera boya, toca ponerse a trabajar. Primero hay que colocar el barco en posición: paralelo al miño. Deberá avanzar poco a poco, al ritmo que marcan los brazos que tiran de la red. El día que salimos en el Vendaval llueve. Dicen que en Santiago, la lluvia es arte. En el mar, la lluvia sólo es agua dulce que empaña la cara y da un nuevo sentido a la ropa de aguas. Un incordio que humedece los cigarrillos y que cubre el horizonte. Podríamos estar en medio de la nada, pero en realidad estamos cerca de Sálvora y de Rúa. Desde allí, Paco y Xurxo suben el aparejo con paciencia, y con paciencia desenredan las piezas que suben con él. Aparecen bueyes de mar como el de la Fanta. Xurxo los libera con cuidado y luego inutiliza las feroces pinzas de este animal. Los centollos tienen un color más intenso, más vivo. Y unas patas tan largas y delgadas que parecen estar a punto de romperse. Pero no se rompen, y los preciados crustáceos las agitan, derrotados. Algunas sollas, algunas pescadillas y alguna que otra jibia aparecen en la maya. Aún así, la cosecha no ha sido más que normal. «Nós cando facemos cartos é cando se abre a veda do centolo. O resto do tempo... Algúns días son mellores e outros un pouco menos». La maraña verde que sale del mar es, luego, doblada y guardada con cuidado para conseguir darle la mejor y más larga vida posible. El esfuerzo bien vale la pena: los miños levantados ese viernes costaron unos 6.000 euros. Con todos los aparejos recogidos, la jornada en el mar toca a su fin. El viaje de vuelta se aprovecha para valdear la cubierta y dejarlo todo en su sitio. Luego, por fin, llega el respiro, y el puente se inunda con el olor de una naranja y una vaharada de humo de tabaco. Conversación La conversación vagabundea por miles de asuntos. No faltan los consejos para hacer una finta a los indeseables mareos: «Eduardo, cando empezou con nós, mareábase. Pero xa se acostumbrou», dice el patrón. Es curiosa la historia de Eduardo. Hasta hace tres años era albañil. Pero un día decidió dejar el ladrillo, colgar la paleta, y zambullirse en su auténtica vocación: el mar. Se subió al Vendaval sin conocer demasiado los secretos del buen marinero, pero poco a poco ha ido llenando el cofre de los conocimientos. Lorenzo, otro de los tripulantes, es su antítesis. Ha recorrido muchos mares antes de anclarse en Arousa. Hemos llegado a puerto. Nos despedimos de los tripulantes del Vendaval. «¿Pagaríades por facer esta viaxe?», pregunta, a modo de encuesta Francisco Iglesias, con la mente puesta en Pescatur. El sí es evidente. Pero habrá que buscar otro modelo de chaleco salvavidas.