Un hombre bueno

AROUSA

LO CONOCÍ hace diez años, por motivos profesionales, pero me tendió la mano de amigo, la única que sabía tender desde su despacho con vistas a la ría que tanto amaba y cuyas puertas estaban abiertas para todo el mundo. Te recibía con una sonrisa franca, con ese aire campechano de viejo lobo de mar que se encuentra en tierra como pez fuera del agua. Era franco y noble. No había trastienda detrás de sus ojos azules, tan azules y tan limpios como el mar que tanto amaba. «Si alguna vez la ría se llena de fuel, yo lo dejo», me dijo un día. Se refería a los depósitos de Ferrazo que vigilaba tan de cerca que nadie que lo conociese podía dudar que cumplían todas las normas de seguridad. No fueron los depósitos de Ferrazo los que le dieron el disgusto, sino el negro chapapote del Prestige. Al final no tuvo que dejarlo, porque entre el capitán y los marineros le cerraron las puertas a la marea negra. Roberto Rietz era un hombre bueno. Por eso, si el cielo es algo más que el firmamento azul que amenaza sobre nuestras cabezas, él estará allí, con su sonrisa franca, abriéndole a todos las puertas, como en su despacho.