AREOSO | O |
13 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.RECUERDO las últimas elecciones autonómicas. Las del cambio. Recuerdo que los derrotados tuvieron unos días de prórroga para digerir los resultados. Y que el bipartito fue, durante esos mismos días, virtual. Todos estaban (estábamos) pendientes del recuento del voto emigrante. Todos con el alma apurada, conscientes de que hay gallegos en todas partes. Conscientes también de que no en todas partes los censos están puestos al día. Y de que quienes viven en Galicia dependen de sí mismos, pero también de otros. Ayer leía en el periódico que los políticos gallegos quieren que se reconozca la ciudadanía a los nietos de emigrantes. Que el visado especial que proponen desde Madrid para que los descendientes de la Diáspora puedan buscar trabajo en España no es suficiente. Que hay que «ampliar o vínculo de relación cos descendentes da comunidade galega no exterior». Esas declaraciones me pusieron la piel de gallina. En primer lugar, porque sorprendentemente estaban todos de acuerdo, desde los bloqueiros a los populares. Y ante semejante alineación, me imaginé la sonrisa de mi amigo el cínico. Y lo que me diría cuando me lo encontrase en el bar: Argumento 1: Todos los políticos son iguales. Argumento 2: La emigración es un suculento saco de votos. Argumento 3: Sólo cambian las formas. Don Manuel les llevaba empanada y gaiteiros. Touriño, ensaladilla y pollo. Podría contestarle que no todos los políticos son iguales. Y citar a Caldera, don Jesús, que dice que esa política de ampliar la nacionalidad no es «razonable». Pero Caldera me cae demasiado mal como para citarlo, aunque sea en la barra de un bar. Así que en no me quedará más remedio que aguantar el chorreo y dejar hablar al cínico. Igual, en medio de su discurso, logro recordar por qué siempre defendí que no todos los políticos son iguales.