AREOSO | O |
24 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ESTAMOS en el país de las excusas. Todo el mundo tiene alguna razón para explicar sus errores. Es el paraíso de los esques . «Es que pensé que sería tal cosa y fue tal otra», «es que él me dijo que sí y yo pensé que so», y cosas por el estilo. Difícil es que alguien admita un fallo, e imposible si el que lo tiene que hacer es un político. Con esto ya contamos, pero lo que más rabia da es la autolástima. Quejarse de vicio, vaya. Hay un tipo que se levanta todos los días con un objetivo claro en su vida: quitar la pegatina que Patricio pone en el ascensor cada mañana. Un tipo raro, pero con una misión definida. Otros muchos también se levantan con otra intención: quejarse. Todo el mundo está en su contra. Al más puro estilo del maravilloso Ignatius J. Really, cada día es una pelea contra la conjura de los necios. Una lucha permanente contra el niño que hace ruido porque está jugando en el parque, contra el coche que está mal aparcado y estorba (cuando lo hace él «sólo son cinco minutos para coger un paquete»), contra el viejo que tarda una eternidad en cruzar el paso de cebra, o contra la lluvia porque llueve un día seguido y contra el sol porque no se aguanta de calor, que este cambio climático me está matando. El trabajo, por supuesto, es toda una faena. Y aún a riesgo de caer en la demagogia, aquí me rebelo. No entiendo porqué la gente se queja de determinados trabajos. Es comprensible que lo haga quien tiene que currar de verdad, de sol a sol y sufriendo en sus carnes el efecto del invernadero. A mí, por ejemplo, me gusta este. De adolescente soñaba con un día como ayer, la lluvia en la ventana, un ordenador y una columna para rellenar. Y encima me pagan por ello. Será que soy un tipo raro. Y exhibicionista, desde luego, porque aquí vivimos de que los lectores nos sigan hasta esta última línea.