Para un roto y un descosido

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA

AROUSA

MARTINA MISER

En directo | La nave de Tragove Las primeras manos que «ataron» redes en Cambados eran masculinas. Ahora pertenecen a mujeres que concilian su vida familiar con una profesión que parece sacada de otros tiempos

18 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

?ay oficios que se aprenden sin pretenderlo. María del Carmen, por ejemplo, aprendió a atar de pequeña. Por las tardes, después del colegio, se iba con su madre al puerto y allí, sentada entre redes, descubrió que coser los rotos y los descosidos de los aparejos era una buena manera de matar el tiempo. Con los años, Maricarmen se hizo atadora. Trabaja en Tragove arreglando aparejos de cerco. Angelines también empezó a trebellar con las artes del mar desde pequeña. «Con cinco ou seis anos, andabamos a enredar e, cando nos aburríamos, dábannos a agulla e empezabamos a probar». Ella se hizo redeira , y trabaja, junto con otras mujeres, en el amplio bajo de una casa. En medio de la estampa, una niña de pocos años -los cinco le quedan aún muy lejos- mira con ojos curiosos como cosen las mayores. «Esta, dentro de pouco, tamén vai coller a agulla» dicen, risueñas, las mujeres. Ellas no sólo arreglan aparejos, sino que los fabrican y los comercializan en una tienda de artefactos navales de Cambados. La conciliación «O bo deste traballo é que, ao estar aquí, na casa, podes atender un pouco a todo», sigue explicando Angelines. «Podes facerlle a merenda ao neno, atender á comida... E eso é unha comodidade», reconocen sus compañeras. En la nave de Tragove también admiten que el ser autónoma supone una ventaja. Allí no pueden tener a los niños perfectamente controlados, pero «se tes que facer un recado, vas un momento e punto». Visto lo visto, el de redeira parece ser una cosa de féminas. Pero hubo tiempos en que no fue así. «Os primeiros atadores que houbo en Cambados foron homes», explican las mujeres. Ellos se apañaban sus redes cuando llegaban a tierra hasta que compartieron su saber con las féminas. Y el día que ellas aprendieron a atar, ellos se olvidaron de cómo se maneja una aguja. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. En Cambados, hasta el año 1998, las mujeres trabajaron a la intemperie. «En inverno pasabas frío, no verán torrábaste ao sol», recuerdan. Continúa la cháchara: «Non tiñamos sequera as sallas de auga, ¿acordádesvos?». «Nin cremas de protección para o sol, chegábamos a casa como camaróns». Con la apertura de la nave de redeiras en el muelle de Tragove, las cosas han mejorado mucho. «Ata os asentos. Agora nós traemos da casa uns cachos dunha tabla de surf que atopou o meu pai no mar. ¡É moi cómodo!», dice una de las atadoras. «E eso que perdeu algo de colorido. ¡Antes era moito máis bonito!».