AREOSO | O |
19 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.LOS ACONTECIMIENTOS se suceden de manera tan vertiginosa que lo que hoy nos parecía un asunto de vital importancia mañana ya casi ni lo recordamos. Un ejemplo. Hace poco más de medio año se montó una gran polémica cuando el signo del gobierno gallego quedó en manos de los emigrantes. Salieron entonces muchas voces que criticaban que ese colectivo, muchos de cuyos integrantes llevaban muchos años fuera, pudiesen decidir quién gobernaba en una tierra que ya apenas conocen. Pero, sobre todo, fue muy criticado que los hijos y los nietos de esos emigrantes, algunos de los cuales jamás pisaron Galicia, tuviesen derecho a voto. Y, por supuesto, volvieron a surgir las dudas sobre los procedimientos de voto y la capacidad de votar de los muertos. Ahora ya casi nadie se acuerda de ese asunto. Hasta el punto de que ha pasado casi desapercibida la noticia que abrió la sección de noticias de Galicia de este periódico el pasado sábado. El Gobierno central ha diseñado un proyecto de ley que iguala los derechos de los gallegos emigrantes y los residentes. Entre las disposiciones de esa norma se recoge que los españoles que residen en el extranjero votarán en urnas en lugar de hacerlo por correo. Es un primer paso. Sin embargo, queda todavía lo más difícil: decidir quién tiene derecho a voto y quién no lo tendrá. Hace algunos meses conocí a un periodista chileno. Su abuelo había nacido en Vigo y, como tanta otra gente en esos años, se subió a un barco y tomó rumbo hacia América. Su nieto no le había conocido. No había podido hablarle de su tierra ni de su gente. Este chico tampoco había estado nunca en Vigo. Ni en Galicia. Se quedó francamente sorprendido cuando supo que, si hubiese querido, hubiese podido votar en las elecciones gallegas. «¿Pero cómo iba yo a votar si nunca he estado allí? No es posible». Pues eso.