AREOSO | O |
10 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.NO SOY nada amiga de los sentimentalismos públicos. Siempre fui de la opinión de que los agradecimientos deben manifestarse en privado o, todavía mejor, deben demostrarse a través de los hechos. Pero como la ocasión lo merece, me permitirán, en esta columna, hacer una excepción a ese principio. Estoy hablando, por supuesto, de las trabajadoras de Marsac, a las que me gustaría, antes de que abandonen las páginas de los periódicos, testimoniar mi agradecimiento y, por qué no, mi admiración. Desde que hace algo más de un mes iniciaran su particular lucha he pasado algunas horas con ellas -aunque menos de las que me hubiese gustado-. Cada minuto de esas horas ha sido una lección de coraje y de compañerismo. La primera vez que me acerqué a las instalaciones de Porto Meloxo, a primera hora de la mañana de un día de principios de enero, las encontré ateridas de frío. Llevaban ya allí muchas horas, cubiertas hasta con mantas para combatir las bajas temperaturas. Nada más acercarme a ellas me encontré con un reconfortante café en las manos. Poco después, Puri se quitaba sus guantes para hacer un poco más liviana mi espera. No permitió que me los quitase hasta que me marché a mediodía. La situación a la que se enfrentan no es fácil, y por eso admiro más su buen humor. Las he visto bailar e incluso recuperar juegos infantiles para ahuyentar las bajas temperaturas. La de Marsac es una historia tejida a base de pequeñas historias. Detrás del problema general cuya evolución seguimos diariamente en las páginas del periódico, existen otras tantas situaciones particulares, en ocasiones nada fáciles. Por eso son admirables sus sonrisas y su incorruptible compañerismo. Por eso, pase lo que pase en los próximos meses, para mí las mujeres de Marsac ya son ganadoras.