AREOSO | O |

08 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA DE las cosas que me asombraba cuando mi padre vendía discos era la enorme cantidad de cintras para grabar que despachaba. No acertaba yo a entender cómo era posible que la tienda que suministraba el disco original pudiera favorecer también la copia pirata. Antes no se denominaba así. Todo el mundo tenía sus cintas grabadas en el coche y nadie se escandalizaba por ello. Quiero decir que si, por ejemplo, cogían a Felipe González con una copia de un elepé de los Beatles no se montaría el follón que hubo recientemente porque Lula reconoció que había visto una película en una copia pirata. Desde la distancia, uno entiende que el problema de la música es el precio. Una de las claves del éxito de Operación Triunfo, a mi modesto entender, era que el cedé semanal -cuando Bisbal y Bustamante aún no arrasaban- valía seis euros. Precio asequible, copia imposible. Pasa lo mismo, pero al revés, con los libros. Nadie se lleva La familia de Pascual Duarte a la copistería porque es más barato comprarla en la edición de bolsillo. En la facultad, sin embargo, sí que abundan las copias porque los precios de las obras del profesor de turno son tan elevados como si estuvieran bien escritos. Todo este rollo de las copias que acabo de soltar viene a cuento porque a un servidor le acusan de plagio. De devorar las ideas y las charlas que surgen con los amigos para plasmarlas en estas columnas. Amenazan incluso Ch.P-L., M.R., C.R. y compañía con denunciar este tráfico de pensamientos y conclusiones ante la autoridad competente. Sostiene Mejuto que al personal le encanta salir en el periódico. A estos personajes, sin embargo, parece que no. Habrá que volver a pagarles algo para que no protesten, aunque en este caso la idea para este Areoso tenga el copyright del que suscribe.