Crónica
30 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?Daquela un obreiro non gañaba nin para comer». Con esta frase, José Loroño inicia una historia arquetípica, la del éxodo que la miseria de la postguerra expulsó de Galicia en cuanto el oscuro régimen franquista abrió la espicha de las fronteras exteriores. El hambre explica los saltos de su hermano desde Sobradelo a Miranda de Ebro, de Ourense a Pontenavea y, por último, de Madrid a Río de Janeiro. Siempre tras una buena obra -el salto de As Conchas, en Ourense, unos laboratorios en Miranda, un puente en Santo Estevo de Ribas de Sil- y un jornal decente. Entre unos y otros fue dejando dos mujeres y un hijo, el mismo que emprendió una ruta distinta a su padre y hoy se juega los cuartos en Buenos Aires. Entre gallinas y pumas El propio José acabó enfilando la ruta de Brasil, para intentar labrarse un futuro. La vida era dura y no daba para demasiadas alegrías, recuerda el hombre de Sobradelo. «Tiñamos que facer nós mesmos a comida, porque a muller do meu irmán tamén tiña que traballar, claro. Aínda lembro aquelas ruelas, como unha especie de feiras, nas que mercabamos unha galiña logo de chegar do traballo; pelabámola, matabámola e cociñabámola nós». Al poco, tiró para Uruguay, donde las cosas empezaron a marchar. «Fixen uns aforros», dice, mientras forma un círculo con el pulgar y el índice de la mano derecha. «Así eran os pesos dalí, os pumas , lles chamaban, de prata». La devaluación, la especulación y la corrupción, tres parcas agudas, se llevaron por delante aquellas rentas. Y José volvió, con una pequeña pensión bajo el brazo. Así, hasta hoy mismo.