CON GOTAS
14 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.DEBÍA de tener unos doce años cuando decidí pasar de la clase de Religión. Demasiadas dudas sobre las chapas con las que Don Luis, cura con púlpito en Narón, nos esmagaba dos veces por semana. Aquel hombre era incapaz de ganarse la mente de un chaval, de transmitir algo más que letanías. La frustración derivaba en tensión, y la tensión en promesa de bofetadas, aunque cabe decir, en su favor, que jamás llegó a cruzarnos la cara pese a que ganas no le faltaban. Nadie me hizo caso. Tuve que seguir soportando sus diatribas, siempre al límite del remangazo. Esa libertad que algunos predican hoy a la inversa se me negó cuando quise ejercerla. Conozco a varias parejas cuyos hijos acuden a colegios con etiqueta de religiosos. No se les ve muy preocupados, la verdad. Tal vez porque han entendido que la escuela ni puede ni debe sustituir a la parroquia.