Un chiringuito de los de la vieja escuela

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA

AROUSA

Crónica | Últimas horas del Xunca Verde

09 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

?l propietario del Xunca Verde se vistió ayer su cara de circunstancias, dejó su Barrantes natal, y se acercó a la playa de Raeiros para comprobar cómo las máquinas acababan con su preciado chiringuito. Cuando llegó, a las puertas del local se agolpaba ya buena parte del material que guardaba en su interior. Mesas y sillas de plástico. Estanterías. Tazas y vasos, platos, una radio pasada de moda, y hasta dos pares de gafas enganchados en una de esas rejas en las que habitualmente se colocan a la venta las bolsas de patatas fritas. «Si me hubieran dado dos o tres días ya hubiese sacado yo todo», protestaba, resignado, el dueño. «Así a lo mejor también aprovechaba algo», decía señalando la estructura de aluminio que sustentaba los cristales del cenador. Los responsables de Costas, ya bregados en eso de afrontar las quejas, no se dejaron convencer. «Hoy tiene que salir todo esto de aquí», respondían, firmes pero con buenos modos. «Un derribo nunca es agradable», murmuraban después, en voz más baja, cuando José Ramón Soto, el triste propietario, se había alejado. No estaba muy lejos: dentro del chiringuito escogía algunas cosas. En su primer viaje se llevó dos bombonas hasta el maletero del coche. «Después de ver esto ya no volveré a confiar en la ley», decía mientras se subía a su vehículo. Y recordaba que había tenido que endeudarse para pagar los seis millones y medio de pesetas que le costó el local, hace ya unos años. Y se preguntaba: «¿si fuese ilegal se iban a meter dos bancos distintos en esa historia?». Antes del verano, recordó, le había llegado la orden de derribo. Pero como en ella ponía que tenía que devolver las cosas a su estado primitivo, hizo una serie de reformas para dejarlo tal y como estaba cuándo la compró. Craso error de interpretación: ayer pudo comprobarlo, cuando haciendo valer una setencia de lo contencioso administrativo el edificio quedó reducido a nada. Los restos A Soto ayer no le quedaba mucho más que salvar lo que pudiese. Y eran muchas cosas a salvar. Tantas, que los operarios del Concello habían comenzado a sudar frío ante la idea de tener que hacer un hueco en el almacén municipal para semejante festival de utensilios, incluída una cocina industrial que tuvo que ser extraída por el tejado. «Mira que se juntan cosas», comentaban los camioneros y los operarios. La mañana se prolongó, y mucho, para todos ellos. Y al final, del Xunca Verde no quedaba más que el recuerdo y algún que otro montón de cosas desperdigadas por la zona. Seguro que el próximo verano, más de uno echa de menos su chiringuito. El futuro agradecerá su marcha.