Crónica
05 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?a estación de autobuses de Vilagarcía es, sin duda, un buen lugar para la meditación. Se trata de uno de los pocos rincones de la ciudad en el que uno puede sentarse sin ver aparecer a un congénere durante largos períodos que se suman por horas. Los únicos ruidos que acaso interrumpan la reflexión o la siesta serán los que procedan de una cafetería que ni siquiera es capaz de generar los ingresos suficientes para hacer frente a sus cuotas. Tal vez el mejor ejemplo de despilfarro de recursos públicos que se puede rastrear en Vilagarcía, la estación nació en 1986. Pronto se pudo comprobar que la magnificencia del edificio excedía con mucho las necesidades de una red de transporte por carretera que, por una parte, y salvando la comunicación con Pontevedra, es un auténtico desastre, y, por otra, encuentra en las paradas en ruta su verdadero punto de encuentro con el usuario. Iniciativas perdidas Hubo, con todo, quien intentó en su día que la Xunta se implicase en la revitalización de las instalaciones y, un aspecto fundamental en el que ahora se insiste, su conexión peatonal con la estación de Renfe. Así, el diputado autonómico del BNG, Francisco Trigo, presentaba en mayo del 2002 una proposición no de ley para procurar una remodelación global de la estructura. No hubo más respuesta por parte de la Administración que entonces gestionaba el PP que el silencio. El mismo silencio que hoy sigue dominando todas y cada una de sus esquinas. Los locales están vacíos, nadie habita sus pasillos, y muy poca gente sus andenes. Las taquillas no funcionan, de la consigna no hay noticia. Contemplar el mobiliario y la publicidad equivale a viajar en el tiempo hasta los ochenta junto a la estación que nunca lo fue.