El paraíso

AROUSA

CON GOTAS | O |

17 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LA GALICIA lisérgica con la que la propaganda institucional lo intoxicó todo durante 16 años, los perros no sólo se ataban con longanizas. Eran los propios canes los que las fabricaban, de tan bien que chutaba la maquinaria laboral, afinada por los sabios toques del aparato autonómico. El gallego sonreía feliz al volante, capaz de cruzar de norte a sur y de este a oeste su país en flamantes carreteras cuya consecución se debía, en primer y único lugar, a la reconocida habilidad del patrón del edificio, que apenas dormía velando por los intereses macroeconómicos de la comunidad y los precios de los garbanzos en el mercado de Touzaneda de Lourís por un igual. «Ferro a fondo e fe en Dios», que diría mi amigo Manel, camionero, hoy, por cierto, en huelga y de secano. Como demiurgo platónico, el presidente de la entelequia pangalaica trabajaba con sus propias manos el barro impuro de la realidad cotidiana, plasmando en él las ideas eternas y perfectas, los arquetipos universales que muy bien podrían caber en su propia cabeza, como todo el mundo sabe. Mientras, en Vilagarcía, un pequeño rincón de las Rías Baixas situado a un lado de la vía rápida que comunica Sanxenxo con el resto del orbe, un asilo torea las vacas de una ganadería siempre flaca para sostener al centenar de ancianos que habitan bajo su techo. El centro es público, pero la Xunta de las maravillas apenas suelta tela para sostener siete camas, pese a que la fundación que lo gestiona está tutelada por la propia Administración, autonómica en lo formal pero de vocación galáctica. Hacia el infinito y más allá. La pasta que entra los hogares del ciudadano, sometido durante tres lustros a tan benevolente acción de gobierno, disminuye año tras año desde hace una década. Pero nada de eso importa. Lo importante, rezaba Torrebruno, es participar. Y en el juego andamos, aunque el sueño de la gaviota despierte en pesadilla.