El palomar A pesar de las primeras lluvias de este mes de agosto y de la bajada de las temperaturas me cogí mi toalla y un buen libro y me fui un par de horas a la playa de A Concha
25 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Mi intenso trabajo durante los meses de verano me ha privado de unas maravillosas vacaciones en el Caribe o en las Bahamas. Cuando pude, me escapé a la playa a tumbarme en la arena y luchar para conseguir un estupendo bronceado que me permitiese lucir como ninguna el vestido verde pistacho que me compré en las rebajas. Total, que al final, sólo conseguí arrancarle al calendario dos días de playa y al sol un horrendo moreno de albañil que adquiría de camino al trabajo. Ayer tuve mis dos horas libres justo después de comer y decidí irme a la playa de A Concha a relajarme un poquillo. Sé que no hacía sol y que por la mañana cayeron unas gotas, pero la sabiduría popular dice que esos son los días en los que el sol más pilla. Sin sombrilla Me fui a la playa sin más compañía que mi toalla y un libro. No estaba sola. Por la orilla se paseaban dos señoras que, no sé si por el calor o por deporte, se remojaban los pies y se remangaban las faldas de sus vestidos veraniegos. Me animé a acercarme al agua y probar su temperatura. Metí el dedo gordo del pie derecho y desistí en la intentona. Admiré a aquellas dos señoras que, valientes como nadie, consiguieron hacer frente a un agua tan fría. Como contrapunto al andar pausado de las dos paseantas, tres chavalines que no superaban los 15 años ponían en práctica su arte con el balón en la arena fina de A Concha. Estos mozos son de los que no descansan la playa ni cuando llueve. Quizás el mal tiempo acerque al arenal a algún cazatalentos y acaben en el Arousa por lo menos.