Reportaje | Vivencias extremas en Vilagarcía Varias familias logran rehacer su vida con la ayuda de Cáritas de Arousa. Entre los servicios que presta destaca la reinserción social a cambio de trabajo
10 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando somos pequeños pensamos que lo mejor siempre está por llegar. Que los sueños se pueden hacer realidad y que la vida, en el fondo, jamás podrá darnos un revés del que no seamos capaz de recuperarnos. Sin embargo, el viejo sueño de vida tranquila, de la forma en que cada uno decida, y de estabilidad se puede truncar por un pequeño descuido. No somos conscientes de lo que el futuro nos puede deparar y, por ello, no lo aprovechamos como debieramos. Hay gente que lo pasa mal por una u otra circunstancia aunque todos tenemos problemas más o menos graves. Acercarse a este tipo de situaciones extremas puede cambiar la forma de ver el mundo. Vivir para contarlo «El dinero mancha las manos», asegura el presidente de Cáritas de Arousa, Francisco Fernández, al preguntarle por su labor al frente de la organización. Una de las dependencias de esta institución es la casa de acogida de San Cibrán, que funciona desde noviembre del 2004. Los terrenos para su ubicación fueron cedidos por la familia de las Ameijeiras. Hasta el momento hay seis habitaciones con doce plazas. Cuartos que ocupaban diferentes personas. A estas instalaciones llegó Gloria Inés Muñoz hace tres semanas procedente de Colombia junto con su pareja y con su hijo de dos años. Tan pronto como el avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas solicitó asilo político. «En nuestro país tuvimos problemas. Allí, teníamos un negocio y la guerrilla de las FARC mataron a mi padre y a mi hermano». Del aeropuerto los mandaron a una casa de acogida y les concedieron la tarjeta amarilla que sirve para estar de forma temporal en el país mientras revisan su situación. De Madrid los enviaron a Extremadura, «Allí lo pasé muy mal porque había rumanos, rusos, morenos y muchas peleas. Incluso hubo un apuñalamiento», recuerda. Asustada, decidió cambiar de ambiente y esta fue la razón por la que llegó a tierras arousanas. La mirada triste de Gloria observa vigilante como su hijo juega con una pelota cerca de las escaleras de la casa. Su niño parece ajeno a todo lo que ocurre pero su rostro también está marcado por una expresión de preocupación. Gloria no es capaz de evitar emocionarse al preguntarle por su familia, a la que dejó allá, en tierras colombianas. Hace dos semanas de esta conversación y, en estos momentos, esta familia ya abandonó la Casa de San Cibrán en busca de algo mejor en Madrid. Una apuesta arriesgada Al hilo de una conversación pausada, otro hombre, que decidió no desvelar su identidad, desgranó su historia. «Mi problema fue económico», reconoció en un primer momento. Después de trabajar como vigilante jurado decidió montar un negocio. Exactamente, una tienda de figuras de artesanía y de decoración. «Me fui a la ruina y desde entonces estoy en la calle», explica. De eso hace ya dos años. Este empresario dejó atrás toda una vida y miles de ilusiones puestas en su familia. Pero lo peor no se quedó ahí. Se separó de su mujer con la que tiene tres hijos de 20, 25 y 27 años y se echó a perder dándose a la bebida. Este hombre asegura que lo más duro es no tener nada y que en la calle no se duerme porque se siente miedo. «Te das cuenta de la calidad de las personas y de lo bueno y lo malo de la vida», comentó. En la actualidad, el hombre está realizando un curso de jardinería mediante un proyecto de Cáritas en la Casa de San Cibrán. Acción que le permite conseguir alojamiento en uno de los hostales arousanos. Gracias a este programa está consiguiendo salir de ese pozo oscuro en el que cayó. El ritmo frenético de la vida hace que la gente se olvide de cómo se encuentran aquellas personas que se tienen más cerca y que se encuentran en una situación difícil. Aunque existen servicios sociales específicos, a veces, es necesario prestar ayuda para prevenir. No se trata de convertirse en un samaritano, ni en dar por dar parte del tiempo de cada uno, sino de hacer, en la medida de lo posible, que este mundo sea más amable. La labor de Cáritas Como bien decía Francisco Fernández «cuando algo no es tuyo es muy fácil hacer caridad». Él llegó a la presidencia después de estar dos años dando comidas en el comedor. Le pedían dinero en A Baldosa y empezó a tener remordimientos porque no se implicaba directamente con aquellas personas. Según él, optaba por la solución más fácil, que pasaba por «quitarse el muerto de encima». Cáritas presta servicio de comidas, de lavandería, de ropero, ayuda a presos y a toxicómanos. «La principal necesidad es la falta de voluntarios», asegura una de las trabajadoras sociales. Para ello no es necesario ningún tipo de perfil específico, simplemente, tener ganas de ayudar porque, aunque suene a utopía, otro mundo es posible para aquellos que realmente lo necesitan.