AREOSO | O |
09 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.TRES de la tarde en la Gago¿s city. Háganse cargo: el termómetro por las nubes y obras hasta en el carné de identidad. Por avaratares de la vida, uno se ve obligado a coger el coche. Primer asalto: ¿Dónde he aparcado? Aunque uno tuviese memoria de elefante, sería imposible adivinar en qué minúsculo lugar encontró sitio para su Opel Corsa en esta ciudad plagada de aparcamientos a cinco minutos -el Concello dixit-. Así que uno hace cábalas, vuelve a hacerlas, y se acuerda de que dejó el coche en Rivero de Aguilar, esa calle tan chupilerendi con vistas a la TIR. Segundo asalto: cuando los taitantos grados le llevan sudoroso hasta el lugar, mira a derecha y izquierda, pero, cosas de la vida, no ve su utilitario por ninguna parte. Se ríe, incluso le hace coña cuando su acompañante le cuenta eso de «¿pero no eran los Opel Corsa los que eran fáciles de robar?». Tercer asalto (el de la angustia): a los dos segundos, las pulsaciones le empiezan a subir a ritmo vertiginoso. Se desespera, emite vocablos inconexos: «No hay señal de prohibido, no pudo ser la grúa, sólo veo este cartel de no aparcar de tal hora a tal hora, pero es que el mío lleva aquí varios días...». No queda otra y emite veredicto: «Me lo robaron», lloriquea mientras se acuerda de la letra que aún le queda por pagar. Se dispone a ir a la policía, a montar un pollo de aúpa, cuando, de repente: ¡Tacham! Su acompañante, con vista de búho, le dice: «¿No es tu coche aquel que está en la playa?». Efectivamente, lo es. Entonces, surge el batallón de preguntas: ¿en la playa?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿con qué patas ha ido?, ¿no será el mío el coche fantástico? Je, je. No se meta con el coche, hombre. Pregúntele a los amigos del puerto, que necesitan toda la calle para meter máquinas y le trasladaron su auto de motu propio y sin aviso. Lo normal, en una ciudad civilizada.