CON GOTAS | O |
02 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.UN PAÍS como el nuestro, que intenta sacudirse las rémoras de encima para no perder los últimos trenes hacia cualquier cosa llamada futuro, precisa como agua de mayo una campaña electoral seria, argumentada, profunda y cabal. Menos cameladas sobre lo necesario que resulta un señor sin cuya concurrencia, según parece, nos habríamos hundido en el Atlántico hace 16 años. Menos demagogia sobre un plan ilusorio con el que los de antes quisieron quitarse de encima el marrón del chapapote aprisa, corriendo y pasando de todo, y los de ahora se esfuerzan por enterrar de la peor de las maneras, sin dar una sola explicación que resulte convincente. Menos llamadas a la responsabilidad de quienes, demostrando que el concepto les viene grande, están a punto de cargarse, ellos solos, el único movimiento que, como muy bien apunta Barreiro Rivas, dota a Galicia de un mapa político propio y distinto. Nuestro sistema educativo es incapaz de dotar a siete niños de tres años de una plaza escolar próxima en Cambados. ¿Qué les parece? En un lugar en el que la natalidad escasea como los billetes de quinientos euros nos permitimos el lujo de negar un elemento tan básico como la educación en las mejores condiciones a quienes representan, ellos sí, nuestra mejor esperanza de futuro. A no ser que, como ya se ha oído por ahí desde alguna tribuna, la verdadera garantía de porvenir para esta esquina del mundo sea un ciudadano otoñal, capaz de abatir corzos a trescientos metros de distancia. Ah, pero resulta que ni por ésas damos en el clavo, porque ni recordar quiero algunas escenas sobre el trato que se dispensa a los ancianos en residencias bastardas, soterradas y aniquiladoras de la dignidad humana. En semejantes condiciones, el único esfuerzo válido para demostrar que aquí hay vida inteligente es exigir a estos artistas de la labia que se dejen de trapalladas.