AREOSO | O |

20 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

A MI ME gusta la palabra cómplice. Será porque me entristece la soledad o porque no me gusta demasiado tomar decisiones, que siempre prefiero tener un cómplice al que comentarle la jugada. Sin embargo, y porque me gusta la palabra, en los últimos días, me han tocado bastante las narices con ese término. El primero fue un político que en otro momento me cautivó. El hombre se ha marchado de su cargo porque dice que le faltaron al respeto -queda clara su identidad-. Lo que no le niego. Y dice que, aunque sabe que largando lo que está largando frena que en Galicia vayamos a tener un gobierno de progreso, él no puede ser cómplice de un error. Qué bien, resulta que el país se hace así, no siendo cómplice de un error y dejando que el error con mayúsculas siga ahí. En el otro caso, quien me puso de mala leche fue un patrón mayor. Él también dijo que «non quería ser cómplice» de lo que iba a pasar. Cuando lo que va a pasar es, únicamente, que se cumpla lo que gritaron las urnas. Así que se larga y pide que se vuelva a votar. A ver si esta vez, con suerte y de chiripa, sí le eligen. ¿Lo ven? Utilizan la palabra en vano. Y eso es demasiado para alguien que sólo usa el término pensando en eso tan bonito que se llama compartir. ¿No?