AREOSO | O |
13 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.TENGO un amigo que es un crápula. Lo era cuando lo conocí, y aunque hace algún tiempo que no lo veo, estoy segura de que sigue siendo un crápula, en el mejor sentido de la palabra. El hombre es una mente brillante, un poeta maldito, un héroe melancólico. Ya ven, no tiene nada que ver con esos crápulas de tres al cuarto que se cuelan a deshora en los bares y se convierten en una pesadilla para los camareros. De quien les hablo es como una reedición de Joaquín Sabina, aunque tiene mejor voz. Pero aunque no se pareciese al artista del que tengo tantos discos, seguiría encantada de haberlo conocido. Es un gran tipo, se lo aseguro. Y lo es porque ha cogido su vida por los cuernos y ha decidido vivirla entre libros, metáforas, güisqui y música. Muchas veces envidié a ese dandy. Pensaba que era un privilegiado. Fue así hasta que, mirando a mi alrededor, descubrí que hay mucha gente que coge la vida por los cuernos y decide en todo momento que es lo que tiene que hacer para estar a gusto. Para algunos, el único camino hacia la felicidad es plantar cara a lo que no les parece justo, venga por donde venga el enemigo. Para otros, la felicidad es simplemente ser un crápula, pero en el mal sentido de la palabra.