AREOSO | O |
12 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.CADA día somos más los que creemos que la pega real -nunca mejor dicho- de Camilla Parker, lo que hizo que ningún hijo de vecino la tragase nunca, es que la mujer no es muy agraciada (cosa, por cierto, totalmente cuestionable). Les cuento el caso porque esta tiranía de la belleza en la que vivimos lleva saliéndose de madre mucho tiempo. Hablemos de la televisión, que es un buen escaparate de todo cuanto nos pasa. A no ser que el feo o fea de turno sea un genio del otro mundo (miren al gran Kike San Francisco), no tiene sitio en la caja tonta. Las chicas que sacan las bolas del Telecupón tienen que ser altas, guapas y con las piernas bien jamonudas: ¿acaso una mujer con michelines, granos u ojeras no sabe leer las decenas de millar y toda la pesca? Lo mismo ocurre en los anuncios de todo cuanto existe, que se emperran en esconder a los feos debajo de la alfombra para mostrar a un adonis que se compra un coche megafantástico o a una maripili con un cuerpo que se sale que, de manera surrealista, te quiere vender un gel reductor. Si la cosa quedase en la tele no sería para tanto, pero esta discriminación no escrita invade todo cuanto existe. Algunos dicen que nos sale por naturaleza, como si del pelo se tratase, hombre. Pues con inventar una maquinilla de afeitar o un método de depilación para este mal lo tenemos hecho, ¿o qué?