Franco soñó una pirámide

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA

AROUSA

Crónica | El gran símbolo de la Dictadura

10 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

?as mujeres de Vilagarcía pagarán alrededor de cuatro euros por cabeza para sumergirse en la mayor obsesión privada de Franco después de la caza, tal y como define el Valle de los Caídos el prestigioso historiador británico Paul Preston, autor de la excelente biografía Franco, caudillo de España . Iniciada en 1940, su construcción se prolongó durante dos décadas, hasta la inauguración oficial, el 1 de abril de 1959, coincidiendo con el vigésimo aniversario del final de la Guerra Civil. Con ella, Franco, un auténtico megalómano que se veía a sí mismo como una figura a la altura de los Reyes Católicos, Carlos V o Felipe II, pretendía nada menos que enlazar su dictadura con la época de mayor esplendor del Imperio español. No dudó en empeñar en su mausoleo 20.000 millones de pesetas, una verdadera sangría, especialmente en el período de postguerra, en el que el nivel de vida de los españoles había caído por debajo de la mitad del que disfrutaban antes del 18 de julio de 1936. El diseño de la desorbitada empresa recayó en el arquitecto Pedro Muguruza, quien contó con un enorme contingente de mano de obra: los más de veinte mil reclusos republicanos que habían escapado al verdugo y que, esclavizados en brigadas penales y batallones de castigo, trabajaron en ella. Catorce de ellos murieron y otros muchos, recuerda Preston, quedaron tullidos en accidentes de diversa índole o padecieron enfermedades como la silicosis. Una obra faraónica Las dimensiones de los Caídos son apabullantes, en consonancia con la visión de Francisco Franco. El decreto con el que se anunció su creación lo dice todo: «Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido». Una basílica excavada en la roca de 250 metros de longitud, un monasterio y una faraónica cruz de 152 metros de alto, cuyos brazos miden tanto como dos vagones de tren le parecieron al dictador suficientes méritos para alcanzar la eternidad. Que en su ánimo no había cabida para la reconciliación lo dejó bien claro en su discurso inaugural, en el que, pese a haber transcurrido dos décadas, Franco se mostró vengativo y habló del enemigo «obligado a morder el polvo de la derrota» y del conjunto como la culminación de la victoria del 39. Hoy, como ayer, el Valle de los Caídos es punto de reunión y homenaje periódico de fascistas y ultraderechistas de toda Europa. Sus mayores admiradores no dudan en atacar a «los poderes fácticos» y a la propia Iglesia, a los que acusan de olvidar el magno monumento. Todo un oscuro destino turístico.