Viaje con nosotros

AROUSA

AREOSO | O |

09 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PÁRKING. Uno ve el cartel de libre, entonces -como ha dado más vueltas que un tiovivo para intentar estacionar en la calle- uno pica cual trucha al anzuelo de miñoca colgada. Mete su Opel por esas curvas imposibles, tratando de coger a tiempo la biodramina del mareo y confía en que, dado que el cartel así rezaba, pronto encontrará su hueco. Ya. Primero está el reservado para fulanito, luego el hueco de menganito, que con el vespino atravesado manda a tomar viento dos sitios, y luego, en la planta siete, ese sitio entre la columna y el todoterreno de pintura azul brillante. Es el tuyo, piensas. Pero más bien es la tuya: tu cafrada. Porque con las tropecientas maniobras necesarias, te llevas por delante un poquito de la pintura azul luminosa y un ralloncito made in la columna. Logras aparcar y con un humor perruno sales a la calle. Cuando regresas, te toca buscar la caja. ¡Amigo, la caja!, ¿quién te dijo a ti que iba a haber un cartel que indicara dónde está? Con lo bonito que es perderte en esas escaleras de olor a meos, oscuras. Tras varias vueltas, la encuentras y ¿con qué te topas? Con que en vez de cobrarte por los 37 minutos empleados para comprar en el ultramarinos te endiñan un recibo por una hora entera. Si fuera un joven de gorra, le montarías un pollo. Pero como te cobra una máquina, te callas y caminas: Que si le das una patada, igual te llevas un hueso roto de propina.