La espantá

AROUSA

AREOSO | O |

03 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

TRES y veinte de la madrugada, pub El chirivita. Suena aquello de «cuando brille el sol te recordaré...». Los dos están felices con la copa en ristre y las risas a medias. Se conocieron hace media hora, comenzaron cantando la Rianxeira juntos por la calle, luego tomaron su primer cacharro bis a bis y ahora ya apartan su conversación diez metros de la sus grupos de colegas. Están a punto de dar ese salto tan interesante. Pero llega el primer aviso: se acercan a la barra, de cara a que sendos vasos de tubo les den un punto más de confianza, y suena la sentencia del camarero: «Ya no servimos copas». Les parece raro, pero por si se trata de una sublevación del gremio hostelero pasan de todo y sigue a lo suyo, bailando a escasos milímetros el Soldadito marinero de Los Fitipaldis. Segundo aviso: se encienden las luces. Qué decepción, con los focos pegando en la cara se ven más los granos y menos los guiños de ojos misteriosos. Aún así, siguen en su línea, hablando de que se abstuvieron en el referéndum porque les dio la real gana. Ya tienen confianza para agarrarse de la mano cuando llega el tercer aviso: apagan la música. Un minuto más tarde llega el cuarto y definitivo toque de atención: los echan a la calle. El del pub está cumpliendo la nueva ley de horarios. Qué pena, porque en la calle hace un gélido frío para que prenda el amor.