El desengaño

AROUSA

AREOSO | O |

16 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

NO FUE un flechazo. Me enamoré de ella poco a poco. Cada vez que doña Rogelia salía en el televisor, me pegaba a la pantalla como una lapa dispuesta a saber más de aquella retahíla de anécdotas. Será porque siempre me encantó beber de las historias de los tiempos en lo que más abundaba era el hambre que me contaban esos grandes sabios que son los abuelos o porque la viejecilla de nariz respingona me calló en gracia, pero aún cuando no alcanzaba el tamaño de un botón no me perdía ni una de sus apariciones. Infeliz yo, nunca sospeché de que era el brazo de aquella mofletuda Mari Carmen la que movía sus cuerdas vocales. Vi el cielo abierto cuando, en un anuncio televisivo navideño, promocionaban una Doña Rogelia en toda regla. De hecho, le comenté a mi abuela, -con la que aprendí a jugar a la brisca-, que cuando los Reyes me trajeran a la viejecita también habría que incluirla en nuestras partidas. Mis padres, al quite del desengaño que iba a llevarme, se empeñaron en llevarme a El Corte Inglés y hacerme ver que la mujer no hablaba sin una voz humana por detrás. Qué desengaño, todas mis ilusiones con la anciana parlanchina al traste. Eso sí, cuando salí por la puerta del almacén tuve claro mi regalo de reyes: quería a Mari Carmen.