AREOSOS | O |
04 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.ESTUVE dos veces en Estados Unidos. Dos. Y en ambas ocasiones me llevé la misma impresión de los colegas americanos; me parecían buenos. A los dos días de presentarme en mi curso de inglés, ya había un Peter y una Helen a los que no les importaba dar una vuelta de más en su Ford Corolla para dejarme en mi casa. Demasiado para cosa buena, me dije. Pues no, los tipos eran unos chavales majos y, día tras día, hacían rugir sus coches por las cuadriculadas calles para devolverme a mis aposentos. Otro día, se armó una fiesta en la casa de los vecinos, yanquis de toda la vida, que celebraban que su hijo pasaba de tercero a cuarto de Primaria. Un poco cursi pero emotivo. Yo estaba paseando por cerca de su casa y, a los pocos minutos, ahí me tenían dándole a los perritos calientes, con todo free de gastos. En otra ocasión, me fui al cine donde un tipo le pidió casamiento a su parienta y de todas las butacas salieron lágrimas y aplausos. Luego, me quedé alucinada cuando, ante una victoria americana en el rugby, un tío al que no había visto en mi vida me pegó un abrazo del tres al cuarto. Por eso, desde ayer estoy desconcertada: ¿Cómo una gente que vive en Los Mundos de Yupi y derrocha tanto amor no condena una guerra?