AREOSO | O |
28 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«ESCOGÍ el día». Fue lo primero que se me pasó por la cabeza ayer, cuando bajaba caminando al trabajo y, en una zona despoblada de abrigo, comenzó a diluviar. Fue un diluvio corto, pero diluvio al fin y al cabo. Y me cogió totalmente de imprevisto, porque hasta entonces había lucido el sol y la caminata me había parecido un paseo primaveral pese a hacerlo sobre unos tacones a los que no estoy acostumbrada. El caso es que, de repente, una ráfaga de aire frío, unas nubes negras cubriendo el cielo y granizo para todos. Y yo, subida a aquellos tacones del demonio, incapaz de huir hacia ningún lugar, comencé a pensar, por alguna extraña asociación de ideas, en mi soñado viaje a Italia. Quizás no era lo más adecuado, pero vaya, me dio por ahí. Llegué a la conclusión de que tengo que ir pronto, cuanto antes, porque si lo dejo para más tarde a lo mejor tengo que pasear por las calles de Milán con una mascarilla en la cara para no morir contaminada. Y eso, la verdad, no quedaría muy bien en mis fotos de «yo estuve aquí». Luego pensé que cuando en Italia usen mascarilla, aquí estaremos encargándolas en las fábricas. Porque al paso que vamos los seres humanos, incluso sobre tacones, a este planeta no le quedan muchos telediarios.