Crónicas del patrimonio | Lino Silva Pintor libre y auténtico. El artista cambadés representa trozos de vida con una mirada limpia. Con honestidad y sencillez interpreta la realidad del mundo arousano
23 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Resulta difícil condensar en unas pocas líneas la personalidad artística de uno de los creadores más versátiles e insólitos que ha engendrado el Salnés, tierra poco dada a valorar a sus artistas y el patrimonio en general. Muchos lo han calificado de inconformista, trasgresor y bohemio. Yo añadiría que de los de verdad. Su rebeldía no tiene pose, su disidencia es espontánea como su pintura, su personalidad compleja y a veces contradictoria. Poeta Dadá, músico de oído y de taberna, libertino, bebedor de hecho y por derecho, pero sobre todo artista honesto y de carácter. Maestro de escultores en sus años de juventud, cuando era capaz de modelar la materia y convertirla en extraordinarios retratos o seres que proceden de su imaginación con raíces y que también supo plasmar en su obra pictórica. Pintor inclasificable y genial, dotado de un inusitado talento que le permite experimentar con múltiples lenguajes, capaz de reinterpretar a los clásicos, de subvertir sus retratos intocables, de plasmar con barroco tremendismo las escenas religiosas, de componer a la perfección un paisaje urbano o extraer con sencillez la belleza de la naturaleza arousana. Admirador de los clásicos Supongo que su estancia en Madrid le sirvió para estudiar a los maestros de la historia de la pintura, a los que recurre con humilde devoción en el ámbito privado de su estudio, donde se agolpan cientos de fotografías, objetos y curiosidades, como esperando a ser reutilizadas en una composición dadaísta con las que el irreverente M. Duchamp provocaba a los teóricos. Para un estudioso o aficionado al arte Lino es un manantial de referencias y sensaciones. Su amor por el humanismo renacentista, el equilibrio entre forma y color, se convierte en pulsión manierista que nos lleva a las disonancias y alargamientos de El Greco, o a la admirada pintura barroca, desde el "tenebrismo" de Caravaggio, pasando por la exuberancia carnosa de Rubens, hasta nuestros pintores del Siglo de Oro, con Velázquez a la cabeza, del que toma su espíritu pictórico, el espacio y la luz, y cuyos temas reinterpreta una y otra vez. Sin embargo, no se conforma con los clásicos y vuelve su mirada a los impresionistas, de los que toma su necesidad de extraer las sensaciones visuales y lumínicas de la naturaleza, o a los paisajistas románticos ingleses, fascinado por la perfección de Constable o las formas casi etéreas de Turner, que nos conducen a una actitud expresionista, primando el componente emocional sobre el carácter analítico.