Los niños matones

AROUSA

AREOSO | O |

05 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«SOY Isabel de Granada, mi hijo perdió la visión de un ojo porque sus compañeros le propinaron una paliza, es que es mulato». «Soy Paco Gijón, nos tuvimos que cambiar de pueblo porque a mis dos hijas las perseguían unos repetidores y las niñas, unas gemelas de diez años, comenzaron a mearse en la cama. Están muy desarrolladas y les llama la atención». «Soy Marta, encontré una carta de despedida de mi hija porque no podía soportar las vejaciones de sus compañeros. La niña está gorda, le llaman bombona y le pinchan el culo con los compases». Uno tras otro, los desesperados progenitores pedían clemencia para sus pequeños en una tertulia radiofónica que, como pueden suponer, venía a cuento por el suicido del niño de Hondarribia. Todos los padres coincidían en que hay una ley del silencio alrededor de este asunto y que, llegado el caso, los educadores son los primeros en hacer mutis sobre las agresiones. Aún me acuerdo hoy cuando, en mi colegio, los compañeros de clase intentaron violar a una niña. Se me borró su cara, pero no la respuesta de la profesora de Sociales al preguntarle por el tema: «eso son tonterías que veis en la tele», dijo. Con esto no echo la culpa a los maestros, son sólo un eslabón del drama.