La comunidad

FÁTIMA FRIEIRO

AROUSA

AREOSO | O |

10 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL OTRO día fui a una de esas reuniones de comunidad que convocaron los vecinos de mi edificio y, al salir, me prometí a mí misma quinientas ochenta mil veces que no iba a volver. Pienso cumplirlo. Imagínense ustedes las reuniones de comunidad de Aquí no hay quien viva. Pues fue así, pero doscientas veces peor. La Loles León al lado de la del tercero se queda corta. Respeto y educación eran los conceptos ausentes en el lugar. Conversaciones paralelas y gritos, pasando por insultos y tacos múltiples. Resulta que la Maripili se quejaba de que el perro de la Maruja se hacía sus necesidades en el recipiente de la terraza y los olores interferían en la pacífica y tranquila hora de la comida de la primera y que, por encima, la Lolita no limpiaba adecuadamente su patio. La Maripili pedía apoyo por parte del resto de la comunidad y todo el mundo se quedó callado haciendo uso de la libertad de que «cada uno hace en su casa lo que le viene en gana», que yo aplaudo. Al día siguiente, mientras tendía la ropa, escuché una conversación en la que la del cuarto le doraba la píldora a la Maripili hablando mal de la Maruja. Pura hipocresía.