En directo | Una noche entre tinieblas El «off» de la luz dejó tortillas a medio hacer, cafés que nunca llegaron a salir de la máquina, cabreos a raudales y muchas llamadas a las señoritas del teléfono de averías
10 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?a del lunes fue noche de intimidades. Todas las que dejan las habitaciones a oscuras, las cenas con velitas de sabor a fresa y los bares en los que sólo alumbra un viejo petromás. Vilagarcía vivió una de esas citas con el color negro de la noche. Una cita que, como buena cita, fue a ciegas: pilló de sorpresa tanto a los vecinos como a los operarios de la compañía eléctrica. Hora de la cena en el hogar de los Fajardo, los García y los Caamaño, las patatas se fríen en la sartén a la espera de que el huevo complete una buena tortilla. Adiós a la lumbre, Fenosa se lleva consigo el suministro y miles de familias se acuerdan de la eficacia de la cocina económica. No hay tortilla para hoy, toca bocatas a la luz de las velas y para cama sin entrenerse con el zapeo televisivo. Sin café Los bares sirven tónicas, agua y cervezas a media luz pero no café de máquina. El corte ha dejado sin vida a los cortaditos, a los con leche poco cargados e incluso a los peliculeros sólos sin azucar y con vaso de agua al lado. En las mismas lides anda una asidua de la cómida preparada. No pide grandes viandas, sólo quiere unas rosquillas, pero no puede llevárselas. La báscula electrónica no se anda con coñas y al mínimo corte dice chao para toda la jornada. La de la tienda maldice los dulces que se resesarán y la clienta casi busca una pesa romana para llevarse su antojillo al hogar. Pero eso no es nada comparado con Os Duráns. Ése y no otro es el punto neurálgico de la falta de energía. Cuatro horas estuvieron los vecinos esperando a que el suministro pariese gotas de luz. Algunos pillaron el sofá y esperaron la buena nueva planchando la oreja. Antes ya habían llamado tres veces a Fenosa, quien les aseguraba que en breve podrían encender hasta las luces del árbol de navidad. Pero otros no durmieron tanto. Hubo quien en Os Duráns marcó más veces el número de averías que pelos tiene en cogote. Una y otra vez, les insistían en que pronto se repararía el desaguisado. Alguno se quejó de que «una tal Sonia» era un poquitín altanera. Ante lo que consideraban que era una falta de respeto, inventaban historias como «mis hijos se mueren de hambre» para que les llegase el suministro. A las dos de la mañana, sobrevino el milagro: Vilagarcía vio al fin la luz.