De padres y padrecitos

AROUSA

AREOSO | O |

24 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

HAY pocas imágentes tan inquietantes como un carrito de bebé, con bebé incluído, en un local de copas cuando el reloj ya ha superado las cuatro de la madrugada. Es probable que usted nunca haya sido testigo de una escena tan poco común. Y es más que posible que no se crea que haya padres que decidan compartir sus noches de marcha con niños que aún balbucean al caminar. Pero les doy mi palabra de que gente así, haberla haila, como las meigas. Yo descubrí que existen hace tan sólo unos días, en plenas fiestas de Santa Rita. Podrán pensar que fui víctima de un delirio, de un espejismo. Pero se equivocan. Tengo testigos. Entre todos, esa misma noche, buscamos algún tipo de explicación lógica a lo que estábamos viendo. Algunos apuntaban que estábamos asistiendo al nacimiento de un nuevo método pedagógico copiado de la película La Naranja Mecánica . Esa nueva escuela se basaría en hacer anidar en el espíritu del crío un profundo odio hacia bares, pubs y todo antro de vida nocturna. De esa forma, cuando el chaval crezca, huirá de ese tipo de establecimientos y, si me apuran, hasta de la oscuridad. Después de madurar mucho esa hipótesis la he descartado por completo y por descabellada. Y he concluído lo que tantas otras veces: que en esto de la paternidad hay padres, hay padrazos y hay padrecitos -y en este caso el diminutivo debe leerse con un claro componente despectivo-. Pero bueno, ya se sabe. La culpa de todo la tienen los profesores, que son unos vagos.