AREOSO | O |
11 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.DÍA NEGRO. Desde el despertar. Negro. Con un goteo de muertos saliendo de los vagones de los trenes de Madrid. El cielo se abrió y lloró por todos ellos. Sus lágrimas se deslizaron sobre los rostros de las muchas personas que salieron a la calle para mostrar un dolor que nos invadió a todos. Es difícil reaccionar ante un horror así, porque generalmente los ojos se llenan de lágrimas de impotencia. Lágrimas por las casi doscientas personas a las que les robaron la vida unos asesinos sin rostro. Lágrimas por el dolor de que experimentarán los hijos, los padres, los hermanos, los amigos de esas doscientas personas que hoy se levantaron para ir a trabajar y que se encontraron de bruces con la muerte. Con su muerte. Luego, poco a poco, todo el país se ha ido encontrando con ellos y con sus caras ensangrentadas. Y el alma se nos ha teñido de negro. Ahora hay que vestirse de luto y salir a la calle. A las manifestaciones y a las concentraciones. Los asesinos no se inmutarán al vernos. Pero es nuestra única forma de rendir tributo a los muertos. De homenajearlos. De despedirnos de todos esos desconocidos a los que, de repente, sentimos como carne propia. Creo que, por ellos, y por todos nosotros, tenemos que apretar los dientes y seguir adelante.