Reportaje | La otra cara del mercado inmobiliario Cáritas constata bolsas de pobreza en familias que no pueden pagar su piso
21 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.El imparable incremento del precio de la vivienda, que galopa de forma paralela al aumento de la precariedad laboral, está modificando el perfil de las personas que tienen que echar mano de la caridad para subsistir día a día. La figura del beneficiario de la caridad pública ya no se limita al desarraigado social, al excluido, al marginal con problemas de alcohol o drogas. Cada vez son más las familias de clase media o media-baja a las que un golpe de mala suerte les obligan a llamar a las puertas de las asociaciones que trabajan con las capas más desfavorecidas de la sociedad. Y el pago de la vivienda es un capítulo fundamental detrás de estas tragedias. Cada vez más el perfil del necesitado se ajusta a un matrimonio joven, con hijos, con trabajos de carácter temporal que se arriesgan a comprar una vivienda y un buen día se ven los dos en el paro. Mantener los gastos escolares, vestir a los niños, servir un plato caliente en la mesa cada día y correr con el pago de la hipoteca se hace imposible en esas circunstancias. Cáritas Interparroquial de Arousa constata que cada vez más aumenta el número de familias de bajos recursos ahogadas por la hipoteca. «El año pasado hubo muchos embargos por la zona de las Pistas -asegura Salvador Abalo, presidente de la entidad-. Familias completamente normales que se quedan sin trabajo y por vergüenza o desconocimiento no saben a quién acudir». La vergüenza Los agentes sociales de Cáritas tienen que actuar con delicadeza en estos casos. Ofrecerles su ayuda sin herir su dignidad. «Generalmente nos enteramos de la situación por terceros y son estas personas las que sirven de enlace para ofrecerles nuestra colaboración». Cáritas echa mano de los paquetes de alimentos para ayudar a estas familias. Los alimentos se distribuyen, generalmente, a través de las parroquias, pero también desde la central en Vilagarcía, que el año pasado repartió 188 lotes entre 48 beneficiarios. Los productos salen de los propios fondos del comedor de Cáritas y de donaciones particulares de los ciudadanos. El perfil de los beneficiarios son familias con hijos, generalmente perceptores del Risga -ayudas a personas que no superan los 300 euros- y que tienen que pagar vivienda, casi siempre un alquiler. Existen problemas de drogas, de alcohol, de desarraigo, de soledad, pero no necesariamente. En todo caso, cuando no se trata de familias desestructuradas, lo habitual es que la ayuda sea temporal, mientras pasa la mala racha. «Lo normal es que esos matrimonios encuentren otra vez trabajo y la situación se normalice. A veces es que la Administración tarda mucho en darles subvenciones que les corresponden, y para eso estamos nosotros».