Reportaje | Visita al interior de un viejo emporio del comercio Cuando las máquinas lleguen se llevarán por delante un pedazo de la historia de Vilagarcía. El polvo y la oscuridad atesoran documentos y objetos de todo tipo y condición
21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.?enetrar en el interior de los viejos Almacenes Simeón es lo más parecido a un viaje al pasado que ofrece la Vilagarcía de hoy. El portal basta para rastrear la grandeza de antaño. Recias escaleras de madera zizaguean hacia los pisos superiores, apenas iluminadas por la luz mortecina, pero llena de tonalidades, que se filtra a través de las cristaleras que aún perviven. En la planta baja se abre un espacio mayúsculo. Allí se cocía el verdadero negocio de la compañía fundada por Simeón Ollalla, la antecesora de los modernos grandes almacenes. El tiempo ha dejado su huella. La techumbre de madera se viene abajo, y la transición hacia la plaza de Ravella se ha derrumbado en buena parte. Sin embargo, la penumbra ofrece un paisaje asombroso. Los esqueletos de las estanterías cubren las altas paredes hasta el techo, los mostradores se extienden hasta que la vista, privada de luz, se pierde en la oscuridad de un fondo distante. Aquí hubo algún día movimiento, vida, una empresa textil. El almacén merecería, por derecho propio, dar paso a un museo del comercio. Todavía es posible reconstruir la forma en la que se trabajó hasta que la crisis de finales de los ochenta se llevó todo por delante. Las vidrieras, una cabina de madera noble para la recopilación de recados, los carros y las escaleras que permitían mover la mercancía de un extremo a otro del establecimiento. Y en la zona más iluminada, junto a un arco cegado por ladrillos, la oficina de administración retiene aún todos sus secretos. El archivador adornado con el rostro del fundador está en perfecto estado de conservación. En sus cajones, sobre las mesas que lo flanquean, se acumulan carpetas, dietarios, facturas, presupuestos. Incluso escritos firmados por el alcalde, Jacobo Rey Daviña, en la década de los 40. En un rincón sobreviven dos décimos de la lotería de Navidad de 1986. En las paredes, un calendario del 87. Bajo él, un último paquete, que nunca fue abierto. Sus días están contados.