AREOSO | O |
09 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.CADA VEZ que muere un joven antes, durante o después de un partido de fútbol son muchos los que se echan las manos a la cabeza y dicen que ya está bien. Nos cuentan que el fútbol es un deporte que genera violencia, que los presidentes y entrenadores de los equipos nos incitan con sus declaraciones y tal y tal y tal, como diría Jesús Gil. Pues yo digo que es mentira. El fútbol no es más violento que un telediario y a mí las únicas declaraciones que de verdad me ponen de mala leche son las del supertexano George W. Bush. El fútbol es un juego y, como todos, es capaz de emocionar. Gritar, entusiasmarse e incluso insultar al árbitro en un partido no es algo violento. Es parte de nosotros. Lo que pasa es que hace ya mucho tiempo que esos descerebrados que llevan chupillas verdes y la cabeza al aire libre están utilizando el fútbol, amparándose en el, para llevar a cabo fechorías como la que esta semana ha terminado con un joven muerto al que un animal le partió el hígado con una brutal patada de kárate. La culpa no es de la pelotita. La culpa es de esos grupos de indeseables. La Policía debe actuar con mayor contundencia porque este sí es un problema policial.