Cerditos a la luz de la luna

MARÍA REY

AROUSA

AREOSO | O |

25 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

DE PEQUEÑA me gustaban los piratas. La culpa fue de Emilio Salgari, que me convenció de que el Tigre de Malasia y el Corsario Negro eran mucho más honestos y honrados que aquellos otros que los perseguían en nombre de la ley. Pero ese tipo de piratas, si es que en alguna ocasión existieron fuera del papel, se ha extinguido. Hasta el siglo XXI sólo han llegado los descendientes de los bucaneros más ruines que surcaron los mares hace cientos de años. Será por aquello de que mala hierba nunca muere. Si en el siglo XVIII la sangre y el fuego era la marca de la visita pirata, en esta centuria la bandera negra se pinta con la grasa y con el fuel con el que se tiñe el agua cada vez que una de esas naves fantasma abre sus depósitos para hacer limpieza. Hay una gran flota de esos asquerosos piratas cruzando el mar de aquí para allá. Pero parece, será por la miopía con la que se ve el mundo desde esta esquina verde de la península, que todos ellos se deciden a verter sus miserias frente a la costa gallega. El último barco maldito descubierto en pleno asalto fue el D.M. Spiridon, con una tripulación formada por unos marineros malditos que, bajo la luz de la luna, se convierten en cerditos malolientes. Antes, los piratas estaban en el mar, o en la Isla de Tortuga. Ahora están en todos lados. En barcos y en despachos. Vestidos de faena o con los trajes más caros y mejor pagados. Pero no se dejen engañar, porque todos ellos, cuando se quedan bajo la luz de la luna, se transforman en los cochinos que son. En animales con muy escaso parecido con el Baby, el cerdito valiente. Se parecen mucho más a los horribles cerdos de Rebelión en la Granja.