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28 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.AUNQUE seguramente nadie me haga caso, no quiero desaprovechar la oportunidad de reclamar de la Dirección General de Tráfico un trato delicado para con los sufridos conductores que no bebemos, ni alucinamos con pastillas, ni arrasamos los límites de velocidad, pero sin embargo nos vemos sometidos al más estricto rigor y a formas exageradamente rudas por parte de quienes velan por la seguridad en carretera. Me explico. Sucede que el otro día, un buen amigo sufrió una muy desagradable experiencia a manos de un par de agentes. Todo se debe a un exceso de velocidad, cometido hace semanas en una de las carreteras de la comarca. Apercibido de la correspondiente multa, nuestro hombre, respetuoso de la ley donde los haya, acudió a Pontevedra y pagó religiosamente. Como la medida se acompañaba de la retirada del carné durante un largo mes, y como el coche le es muy necesario, Tonecho -llamémosle así- consultó con una amable funcionaria la posibilidad de negociar una solución a plazos -véanse fines de semana, por ejemplo- con la Administración. La respuesta fue afirmativa: «No se preocupe, que le avisaremos con tiempo». El tiempo prometido, sin embargo, no fue más allá del par de segundos que median entre la llamada de la Guardia Civil de Tráfico y la reacción pasmada de quien tiene que abrir la puerta a la patrulla en cuestión. Imagínense el estupor de nuestro amigo, imagínense la algarabía formada entre el vecindario de una pequeña aldea arousana, imagínense las explicaciones obligadas a propios y extraños. En fin, que todo ello podría haberse evitado con un poco de tacto y una mínima gestión. ¿No les parece?