En busca de los alavancos

Begoña Paso begona.paso@lavoz.es

AROUSA

L.B.

Los más pequeños de Cambados salieron ayer a hacer una ruta de senderismo por la desembocadura del Umia para disfrutar de las aves que se pueden ver en esta zona

27 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Salida desde Cambados Eran las diez y media de la mañana y estábamos en la Praza do Concello de Cambados a la espera de que el autobús que nos iba a llevar a O Facho, abriera sus puertas. El objetivo, hacer una ruta de senderismo, la conocida Ruta dos Alavancos. A la cola se pusieron treinta niños de seis a doce años y tres monitores del Concello. El guía del centro de interpretación da Natureza da Siradella, que nos iba a acompañar durante la ruta, viajó en coche propio. Todos debidamente equipados Niños y monitores, todos iban debidamente equipados para la ocasión: deportivas, ropa cómoda para caminar, mochilas, y los más preparados llevaban incluso los prismáticos. Pero olvidarse de ellos tampoco fue un problema, porque sí se acordó el guía de la excursión, que llevaba varios en su coche. Pero no llegaban para todos. Deberían agruparse de tres en tres e ir turnándose. Pasito a pasito Una vez que llegamos a O Facho, explicaron paso a paso en qué iba a consistir la excursión. Estábamos en frente de A Toxa. Dos horas y media de caminata quedaban por delante. Lo que había que hacer era prestar atención a todo lo que comentaba el guía, mantenerse en silencio mientras daba las explicaciones y no despistarse de la fila. Pero como suele pasar entre los pequeños, la mayoría de las veces fue imposible. Momento de emprender camino Y por fin llegó el momento de emprender camino y adentrarse en el espacio natural. Tras pasar un astillero y un cocedero de mariscos, que desprendía un olor inaguantable, nos adentramos en plena naturaleza. Plantas halófitas, piñeiros y carballos pudimos ver durante la ruta. Pero también aves. Mientras los monitores llamaban la atención de los niños, el guía explicaba los diferentes tipos de aves que íbamos viendo, para lo que se ayudaba con un manual en el que aparecía dibujada la especie en cuestión. Era entonces cuando había pequeñas disputas sobre quiénes debían aguantar los prismáticos. Y así durante 3.500 metros.