Pequeños saharauis pasan sus vacaciones en Arousa participando en las más variadas actividades. El mundo del caballo sigue protagonizando el recinto de Fexdega
26 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Niños del desierto Que quieran que les diga. El medio centenar de niños saharauis que están pasando sus días en Arousa me despiertan el instinto maternal. No sé si la cuestión española hace que me sienta culpable por no reivindicar con más fervor una vida digna para estos niños y para sus padres o es simplemente que da gusto verlos reir y divertirse, a pesar de que el conflicto que padecen a diario no le facilite la diversión. Estos días andan descubriendo un mundo diferente y, aún a riesgo de ponerme trascendental, creo que tenemos suerte de que hayan venido a vernos. Más niños Los niños indígenas de aquí, es decir, los nacidos en Arousa, también se divierten. En este caso ya no nos extraña tanto. En verano, ser niño es un asunto atareado, porque andan de actividad en y actividad y no saben lo que es el tiempo libre. Yo no tengo hijos, que esto de escribir en los periódicos deja poco tiempo para hacerlos y criarlos, pero si los tuviera o tuviese creo que no los tendría todo el tiempo de monitor en monitor. Lo mismo los dejaba hacer el tonto un poco para que supieran lo que es perder el tiempo, esa cosa tan bonita y saludable. La envidia de los caballos Lo que no es tan saludable es la envidia. A mi viene una poca y aunque diga yo que es de la sana, no lo es. Tengo envidia de no poder subirme a un caballo blanco como el que guía con tanta donosura la fémina de la foto. Cualquiera no realza su planta con ayuda del equino. No lo explicó nunca el doctor Rodríguez de la Fuente si los caballos sentían envidia unos de otros en función de la amazona o el caballero que los montaba. Supongo que los caballos, tan nobles ellos, no tienen entrañas para bajezas como la envidia, pero yo me paso por Equus Galicia y me come la envidia de no tener caballo, de no saber montar y de que no me hagan fotos que me queden para fardar en toda la posteridad. Mientras la envidia me come, me voy al albariño y le tomo dos botellas, como poco, para ayudar a bajar la digestión de tanta ganas que me quedan.